miércoles, 3 de agosto de 2022 0 comentarios

Anguilas

 

Anguilas

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Anguila

 ¿Cuántas veces habremos estado en el pozón que la marea formaba debajo de la “morrona” de la dársena, o bajo el que había debajo de la Compuerta, o bajo la Rula, o a lo largo de los muelles del puerto interior, intentando sacar anguilas, tanto con anzuelo como con “merucadas”? Por lo menos yo, “cienes y cienes” de veces.

La palabra “anguila” proviene del latín “anguilla” y esta, a su vez, de “anguis” (serpiente)

Este animal, es un pez de cuerpo alargado que suele medir alrededor de 70 cm, aunque puede llegar a alcanzar los 2 metros. Las hembras suelen ser de mayor tamaño que los machos. Tienen la piel recubierta de una secreción mucosa que las hace muy escurridizas, dándoles su característica más conocida (¡mas “escurridizu” que una anguila), además de que les sirven xde protección, pues las escamas que son microscópicas. Normalmente viven 8 años los machos y 12 las hembras.

Tras la cabeza tienen dos aletas de pequeño tamaño. El dorso es pardo verdoso, casi negro; el vientre es blanco y amarillento.

"Leptocefalos", la curiosa forma larvaria de algunos peces

 Viven en aguas dulces, aguas marinas y aguas salobres. Algunas especies de anguila son “catádromas” (emigran del agua dulce a la Mar para desovar), al revés que el salmón que es “anádromo” (emigra de la Mar al agua dulce para desovar). Se cree que el desove se lleva a cabo a finales de invierno, aunque dichos desoves no han podido ser observados. Las larva que emerge de la eclosión, denominada ”leptocéfalo” (del griego “lepto” = delgado y “kephal” = cabeza), es aplanada y transparente, y arrastrada por las corrientes del Golfo y del Atlántico Norte cruzan este océano hasta alcanzar los estuarios en las costas de Europa y el norte de África, donde se metamorfosean en angulas. Las angulas pueden asentarse por algún tiempo en el estuario antes de abandonar las aguas salobres para iniciar la migración ascendente por los ríos, pigmentándose para convertirse en anguilas amarillas (de color verde oliva oscuro con el abdomen de color amarillento).

El caso más llamativo lo representa la anguila europea (Anguilla anguilla), cuyos lugares para el desove están situados en el Mar de los Sargazos (a 2.800 millas de la Península Ibérica), lugar elegido por esta especie para la cría desde hace 140 millones de años.

Todo el proceso se lleva a cabo a unos 500 metros de profundidad y a una temperatura de 15 °C. Los huevos depositados eclosionan a los pocos días, naciendo, como ya hemos dicho los llamados “leptocéfalos” (curiosa forma larvaria de algunos peces), de un tamaño inferior a la cabeza de un alfiler. Inmediatamente después del nacimiento, movidos más por las “Corriente del Golfo” que, por sus propios medios, los individuos inician la asombrosa migración de vuelta hasta los cauces fluviales desde donde partieron sus madres. Durante dicha migración muere gran cantidad de individuos, pero las puestas son mucho más numerosas (9.000.000 de huevos por hembra), permitiendo de este modo el reemplazo generacional. Tras un plazo de dos a cuatro años llegan a la desembocadura de los cauces, y al contacto con el agua menos salina, sufren una metamorfosis que los transforma en anguilas. Se alimenta de larvas de insectos, gusanos, crustáceos, moluscos, peces pequeños. Es una especie omnívora.

Anguila "lobo"

 Los ejemplares en la madurez reproductiva (de 8 a 10 años en las hembras y 4 en los machos) realizan un recorrido de más de 4.000 km para llegar hasta allí tras unos ocho meses, partiendo de los cauces fluviales de Europa occidental y Norteamérica. Una vez allí, machos y hembras se aparean, desovan y, finalmente, mueren.

Están distribuidas por la mayor parte de las aguas tropicales y templadas excepto en el este del Pacífico y sur del Atlántico.​

Su historia es de alta longevidad, ya que aparecen por primera vez en el registro fósil en el Mioceno superior, durante el Terciario, hace veintitrés millones de años.

Son tan sumamente particulares, que, aunque en la Mar hay otras especies parecidas por sus presencias serpentiformes como la morena, o el congrio, son ellas las que les prestan su nombre a otros peces como la extraña “anguila lobo”, o el muy ancestral “tiburón anguila”.

Las anguilas son peces solitarios y territoriales en el que cada individuo tiene su propio refugio ((he contemplado peleas entre ellas por el dominio de un ·pocín” en la Ria, y os puedo afirmar que son terribles), pero las concentraciones que algunas veces aparecen responden a congregaciones forzadas que nada tiene que ver con una estructura social organizada en grupo. Están activas principalmente durante la noche, cuando buscan sus presas, ya que dotada de un gran olfato, busca sus alimentos en el fondo del mar o de los ríos. Es una especie omnívora que se alimenta principalmente de invertebrados bentónicos y peces pequeños.

Tiburón anguila

 Podemos decir, que, en nuestros ríos, todavía podemos contar con una buena presencia, ya que la mayoría de población ha sufrido un importante declive en los últimos años al igual que en el resto de Europa, ya que la construcción de grandes presas a partir de 1960, ha provocado su desaparición de la mayor parte de las cuencas interiores de la Península Ibérica, quedando las actuales poblaciones relegadas a las franjas costeras, entre las, como ya hemos dicho, se encuentra la nuestra, y aunque no está en peligro de extinción, si está sufriendo un claro declive poblacional y ya se encuentra fuera de los límites biológicos de seguridad, por lo que es declarada como especie “vulnerable”

La actual área de distribución de la anguila en la Península Ibérica abarca menos del 20% de los cursos de agua que ocupaba originalmente.

Durante los últimos años, la anguila se ha popularizado en la alta cocina, por lo que es relativamente fácil de encontrar en muchos restaurantes con estrella Michelin.

En la cocina popular del Delta del Ebro, se consume como “Suc d’Anguiles” (caldo de anguilas), y como plato muy demandado tenemos el “All y pebre de anguila” (ajo y pimentón), muy apreciado por ser “un manjar de agua dulce”, y es común encontrarlo en la cocina típica, especialmente en los guisos tradicionales.

La anguila ahumada es otro modo de consumir este pescado, de gran demanda en toda Europa por su suave y cremosa textura.

 

"Suc d’anguiles" del Delta

"All i pebre de anguila" del Delta 

Ración de angulas

 Para terminar, y aunque se levanten de sus tumbas los huesos de todos los grandes gastrónomos que en la historia han sido, y de aquellos que todavía gozan de buena salud, como yo soy una persona simple y de paladar algo primitivo (estoy seguro de que me acusaran de eso), prefiero unos buenos bocartes fritos, o un chicharro a la espalda que unas angulas, que, si no fuera por el aceite el ajo y la guindilla, a mí personalmente no me sabrían a nada.

¿A vosotros sí?

Buena Mar y hasta la vista amigos

Fernando Suárez Cué

 

2 Comentarios

  1. Fernando Suárez Cué 

En efecto D. Lucca, solamente fritas están exquisitas, pues quedan crujientes y además muy melosas. Un saludo.

2.    Lucca Brasi 

3.    Simplemente fritas, he comido buenas anguilas.

 

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Árgano o cabestrante

 

Árgano o cabestrante

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Halando de un cabo

Cuando nos imaginamos o pensamos en barcos, casi nadie se acuerda de un instrumento que todos portan, por ser una máquina necesaria y hasta imprescindible. Me refiero al “árgano” o “cabestrante”.

Es esta una máquina que, a modo de grúa, se emplea para subir cosas de mucho peso por medio de una maroma o cable que se va enrollando en un torno vertical a medida que gira, y se logra por la potencia que se aplica a unas barras, o palancas, introducidas en las cajas abiertas en el canto exterior del cilindro, en la parte alta de la máquina.

“Movían el árgano una media docena de barras, cada una empujada por cuatro hombres”.

Imagen del uso del cabestrante

 Esta palabra en su etimología viene de “árgana” y es de procedencia latina popular bajo denominación “arganum” y a su vez del griego “οργανα” (“organa”), y se puede traducir por “instrumentos”.

Tal como los demuestran varios jeroglíficos egipcios ya era conocida su utilidad, hacia el siglo XII a. C.

En un principio los árganos, recogían la cuerda en su tambor, mientras que hoy en día, en los cabestrantes náuticos la cuerda o cadena, ya no se almacena en el tambor, sino que, limitándose a enrollar unas pocas vueltas en él, va haciéndolo pasar para depositarlo en la “caja de cadena” (también denominado “pozo de cadena”), un espacio determinado para ese fin.

Caja o pozo de cadenas

 Otra palabra que puede entrar en este grupo es “malacate”, del náhuatl “malacatl” (“huso”), “cosa giratoria” que, a manera de cabrestante, era usada en las minas para sacar minerales y drenar el agua. El “náhuatl” o mexicano es una macrolengua “yutonahua” que se habla en México.

Hoy en día, “malacate” (winch en inglés), es un tambor que contiene enrollado un cable de acero, soportado por una base, que va fijado sobre una superficie lisa.

Cabestrante de fondeo

En apoyo de estos mecanismos se encuentra el “estopor”, que en náutica es otro mecanismo intercalado entre el cabrestante del ancla y la escobén a fin de evitar el movimiento de la cadena. La acción del estopor forma parte del trincado a “son de mar” de las anclas en navegación, evitando que por efecto de un fuerte cabeceo las mismas se muevan de sus alojamientos, aunque su principal objetivo es evitar que el molinete sufra la tensión de la cadena.

Estos “molinetes”, que en las embarcaciones de recreo pequeñas es lo que acostumbran a armar en proa, es una máquina que consiste en un tambor (cilindro) horizontal accionado mecánicamente por una banda que sirve para mover pesos, sobre todo el del fondeo. En esencia es un cabrestante horizontal.

Malacates del ancla

 Como este tipo de embarcaciones no suelen montar el estopor, y siendo Imprescindible un freno en el molinete una vez fondeado, se debe fijar un cabo con un mosquetón entre la cadena y una cornamusa, con el mismo empleo, o sea evitar que el molinete sufra toda la tensión del fondeo.

Dentro de este tipo de artilugios, debemos contar con el chigre, que son máquinas con eje de giro horizontal y que permiten multiplicar la fuerza ejercida sobre cabos, cables o cadenas. Están movidas generalmente por electricidad, y son empleadas en carga y descarga de objetos más o menos pesados y voluminosos, para servir de ayuda a un remolque, o para la acción de “espiar” el barco, por medio de “espías”, que en náutica son los cabos que sirven para mover una embarcación, dándolo a un muelle, boya o a algún objeto fijo.

Estopor

 Esta maniobra de “espiar”, una de las más interesantes de las que he usado, se emplea con frecuencia por las embarcaciones de vela para entrar o salir de un puerto, cuando el viento no les da para hacerlo, y no hay, o no se quiere utilizar un remolcador, También se usa para navegar a lo largo de un canal u otro lugar muy restringido, o para ascender contra la corriente de un rio, como fue en nuestro caso.

Lo más sencillo en la maniobra de espiarse, consistió simplemente en largar o “tender la espía”, haciéndola firme, para ello, a un muerto, argolla de tierra ( en nuestro caso fue el tronco de un árbol)), ancla o anclote fondeado con ese fin, y tras pasarla por proa, cobrarla e ir introduciéndola a bordo por medio del cabestrante o del chigre, si el barco lo tiene, para  una vez llegado al lugar donde ha sido amarrada la espía, cobrarla y repetir la maniobra tantas veces como haga falta.

                                                               
                                                                Molinete eléctrico de fondeo

 Antiguamente se hacía mediante una fila de hombres que, mano sobre mano, halaban de ella, caminando por la cubierta si esta era lo suficientemente espaciosa.

En otros casos, cuando el viento no entra de la dirección deseada para mover el barco. y hay peligro real de abordar cualquier obstáculo al aproarse al viento, además de la espía se usan otros cabos, dos para las amuras y dos para la aletas, que controlando los desplazamientos que pudiera tener, que dejan al patrón dueño de los movimientos del buque.

Whinche

Una vez aclarada la maniobra, solo queda relajarse y descansar.

Buena Mar y hasta la vista amigos

Fernando Suárez Cué

 

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Aprovechándose del sexo

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-F: ¡Buenos días pandilla!… ¿Qué pasó?

-T: Por aquí nada nuevu, solo lo que tú traigas, que acabas de llegar.

-F: Pues por mi parte, como no sea que os cuente lo que venía recordando, sobre un tipo de pesca que por aquí no se practica…

-R: Buenu, pues nada, tomate un cafetín y empieza a contarnos esa historia.

-F: Bien, pero no empecéis a pensar en cosas raras, cuando os diga que todo se basa en aprovecharse del sexo y del instinto reproductor de todas las especies que existen en la mar, pues lo que os voy a contar, y espero me dejéis, ya que es sobre una forma de pescar que se practica en el Litoral de la Costa Catalana, y que basándose en las cualidades de sus aguas, no creo que se pueda practicar en la Costas de Cantábrico, o por lo menos yo nunca he oído hablar de ella.

-P: ¡Vaya chachu! Resulta que pescan más y son más listos que nosotros.

-F: ¡No concho!, que yo no he dicho eso, y si esperas un pocu y callas un ratín, igual hasta te gusta e interesa.

-T: ¡Venga!… Empieza ya de una vez, que a mi si me interesa conocer otros sistemas de pesca.

-F: Ante todo vaya por delante mi agradecimiento a un buen amigo, Juan José Pascual (Juanjo para los amigos), que en su clásico, pero magnifico barco “Yola”, fue el primero que me hablo de este sistema y posteriormente me introdujo en este arte.

-C: Muy bien, muy educado y muy agradecidu aquí el criu, pero… ¿Quieres empezar de una vez?

-F: Antes de empezar, os diré, que cuando los grandes barcos arrasteros levantan en sus aparejos a las jibias, separan las hembras que están más vivas y fuertes, y las colocan en los viveros del barco para poder llevarlas a puerto en las condiciones más idóneas posibles, con el fin de venderlas a los pescadores, tanto profesionales como deportivos para que las puedan emplear como reclamo durante la pesca denominada “a la famella” (a la hembra), o “pesca de la sepia al celo”

Para efectuar esta pesca, se coge la jibia, y por su cola se le coloca un anzuelo clavándolo en la “concha” o “sepión” duro que le sirve como esqueleto interno, pero de forma que no lo atraviese ni le salga por el otro lado del cuerpo. Es un anzuelaje que hay que hacerlo con la suficiente delicadeza como para no dañar al animal rasgándolo, pero procurando que quede firmemente sujeto, como para que más tarde, sin librarse y sin causarle daños mayores, pueda aguantar las embestidas que le esperan.

Una vez bien anzuelada, se deja como una braza de línea detrás de ella donde se le coloca un plomín pequeño, que será el que la obligue a irse al fondo sobre la arena, al mismo tiempo que permite moverse más o menos libremente dentro de su ambiente territorial. A partir del plomo, la línea continúa hasta la mano del pescador que se encuentra en la lancha.

-R: Muy bien, no parece un aparejo muy complicado

-F: Os decía que es un tipo de pesca, que no sé si se practica en el Norte, ya que las aguas en las que se desarrolla son aguas muy claras y con una profundidad que nunca supera entre el metro y los dos metros de calado y con fondos de arenas limpias, o sea, prácticamente sobre las orillas de las playas, de forma que a la jibia la podamos estar siguiendo con la vista, sin perderla en ningún momento y sin que los movimientos de las olas entorpezcan la faena de pesca.

Pues bien, ya estamos en la lancha, que por cierto a de ser pequeña y de poco calado, para poder entrar casi hasta la arena, siguiendo, si los hubiera, los contornos rocosos de la costa. Soltamos la jibia, y dejamos que descienda hasta el fondo siguiéndola con la lancha a la deriva, si la corriente nos es favorable, o empleando los remos si fueran necesarios, pero nunca empleando el motor ya que aparte de la arena que pudiera levantar la hélice, emballaríamos las posibles presas que anduvieran por esos andurriales.

El seguir a una jibia con la vista no es tarea nada fácil, aunque tengamos a favor la limpieza y claridad de las aguas, y su escaso fondo, pues como ya sabéis es un animal mimético, o sea, tiene la facultad de tomar el color y el aspecto del terreno que le rodea para su mejor camuflaje. Por cierto, la palabra “mimetismo” proviene del vocablo griego “mimeomai”, que quiere decir imitar. Este mimetismo lo consiguen ciertos animales, entre ellos la jibia, a través de unas células que se encuentran concentradas en la periferia del cuerpo del animal, llamadas “cromatóforos”, que estando llenas de un pigmento de coloración, son capaces de abrirse o cerrarse según sean excitadas por la luz, y por lo tanto por los colores que les llegan del exterior, hasta conseguir semejarse a todo lo que les rodea. Estos “cromatóforos extensibles” o con “pigmento móvil”, son la base de este fenómeno del cambio de coloración.

-T: Que leído eres…

-F: ¡De nada hermanos! … Ya se acabó la clase de Zoología, y espero no aburriros más.

-C: Venga continua y no seas pelma

¡Seguimos!. Ya estamos en la lancha, la jibia en el agua y sobre la arena, y con cierta dificultad para seguirla con la vista, si no fuese porque nos ayudamos siguiendo la línea que desciende en el agua y por el plomín, que ese si es mas fácil de localizar y seguir.

Cuando el macho excitado por su instinto de reproducción, se acerca al lugar donde nada la hembra, esta empieza a tomar una preciosa coloración rosada y una vez el macho se abalanza sobre ella, con tal velocidad que a la vista le es imposible seguirle, nos damos cuenta de que la cópula ha comenzado, por el fastuoso color rojo, que junto con el macho, adquiere la hembra al ser cubierta. ¡Vaya!… Igual como cuando a un doncel o a una doncella “les sube el pavo”!.

Ese es el momento de halar la línea y con un celabardo cogerlos a los dos. Se separa el macho y se le mete en un caldero, devolviendo a continuación la hembra al agua. Y… ¡Alabado sea el Señor! ¡Ya entró el primero!

Esta alabanza, la aprendí de mi tío Baltasar (tiu Batá), que siempre la decía, cuando al estar pescando embarcaba la primera pieza.

En el caso, de que a nuestra jibia no le gustara el pretendiente lo que hace es soltarle un violento chorro de tinta, que siendo bien visible para el pescador, le obliga a recoger al animal y cambiar de lugar de pesca, ya que de no hacerlo así y quedarse dentro del territorio del macho rechazado, se encontraría que la pesca había terminado porque el susodicho macho, por un lado no dejaría entrar a otro en su territorio, y por el otro seria constantemente rechazado por nuestra hembra. ¡Total, una alegría perder el tiempo!.

Algunas veces, y estando pescando con este sistema, nos fijamos en que la jibia, en un instante, de como un “fogonazo” en color blanco y a continuación se queda por unos momentos como si estuviera hecha de mantequilla. Sin pensarlo hay que sacarla del agua rápidamente, pues nos está avisando, sin ella saberlo, de que se aproxima un depredador, como puede ser la lubina, o cualquier otro animal, de los que nuestra jibia se encuentre dentro de su cadena alimenticia.

Cuando entra el Otoño, se emplea para pescar a estos machos otro sistema que por las Costas Catalanas le llaman “pió” o “pesca de los jubilados”, porque dicen que no se trabaja. Consiste en una especie de enorme “sibionera” o “potera”, con una copa aproximadamente del tamaño de una mano, con un mástil muy fino y en la que se coloca una sardina. Se cala entre 40 ó 50 brazas de profundidad, en fondos que se sepan de arena y se dejan arrastrar por la corriente. Parece ser que es fácil levantar “jibiones” de entre un kilo y medio y tres kilos. También creo que le llaman “la pesca de los jubilados”, porque todo ese peso lo levantan con carretes eléctricos. La aplicación pura y dura de la Ley del Mínimo Esfuerzo.

Y eso es todo. Ese fue el tipo de pesca que me enseñaron y que de verdad es apasionante por la atención que tienes que emplear. No puedes ni pestañear, pues cuando se acercan los momentos álgidos ocurre todo rapidísimamente.

Por cierto, si al escoger la jibia, consigues una hembra guapa, “sexy” y un poquitín “pendón” la pesca está asegurada y en gran cantidad. Y es que los machos… ¡Qué bobos son!

-C: Muy bien e interesante… ¿Oíste?, pues ahora vamos a ver la Mar.

Buena Mar y hasta la vista.

Fernando Suárez Cué

 

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Bucaneros

 

Bucaneros

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                                          "Roca Fuerte". Instalaciones militares en la Isla Tortuga

Mucho se ha hablado y escrito sobre corsarios, piratas y bucaneros, pero todas estas palabras pueden referirse a unas personas que se dedicaban a cometer robos en la Mar, pero… ¿Cuál es la diferencia? … ¿Quiénes eran estos últimos?

Pirata, corsario, bucanero. A ver si estas serán unas referencias útiles para aclarar las cosas de un oficio que existe desde los comienzos de la navegación.

                                                                    El ataque de filibusteros

Ante todo, vamos a recordar que la palabra “pirata” deriva de la palabra griega “peirao” (significa «aventurero del mar» o «el que emprende»), y cuya presencia en el mundo es, como ya hemos dicho, casi tan antigua como la navegación. El grupo de piratas buscaba el lucro personal, conseguir grandes botines tras la captura de barcos y la venta de todo aquello capturado. No dependían de nadie, por lo cual no tenían a nadie a quien ser leales, ni porqué servir a ningún señor o país.

Sobre corsario, esta `palabra viene de la palabra francesa “corsaire”, y esta a su vez de la latina “cursus” (carrera), como evolución de la “lettre de course» (carta de carrera). Posteriormente de se aplicó este nombre a las naves que se caracterizaban por su rapidez.

Para que nos entandamos, y tal como decía D. Egidio Mijares Gavito, tío-abuelo de nuestra amiga Maiche Perela, el corsario era un “pirata legal” (esa frase me encanta), y eran personas encargadas por los gobiernos (bajo la lega “patente de corso”), que era una licencia otorgada por el rey o el gobernador de turno para poder atacar o asaltar barcos y ciudades enemigas, y luego quedarse con una parte del botín. El resto era entregado a quien le otorgase dicha patente.

Para llevar a cabo actividades parecidas a las militares; navegaban en barcos armados de propiedad privada, robaban buques mercantes y saqueaban asentamientos pertenecientes a un país rival. La existencia de los corsarios permitió a los estados proyectar el poder marítimo más allá de las ordenadas capacidades marinas regulares. Al final, tenia razón D. Egidio.

       El famoso bucanero Jack Rackman, mas conocido bajo el nombre Jack ‘el Rojo’, acompañado por                                                                            filibusteros femeninos (1720)

Ahora a lo nuestro.

El término “bucanero”, procede de los lugares donde secaban y salaban las carnes a los y a los que llamaban “boucans” (parrilla de madera en la que los habitantes de América y las islas caribeñas ahumaban carnes o pescados, y este quizá del término caribe-taino “bucacui”), en la que quemaban maderas húmedas o verdes y de ahí vino el nombrarles ”boucaniers” o “buccaneers”, derivando, y según nuestro modo de pronunciarlo y por ende de escribirlo, en “bucaneros”,

Perseguían y mataban el ganado vacuno, además de otras especies de reses montaraces, traficando posteriormente con su carne una vez elaborada, que vendían, esta carne ahumada y más apta para la conservación, a los navegantes de las costas caribeñas, excepto los tuétanos crudos de los huesos de las bestias sacrificadas, ya que era su bocado preferido y alimento predilecto.


Situación de la isla "Tortuga"

Los “bucaneros”, en un principio, fueron colonos franceses que se establecieron en el siglo XVI, en la parte occidental de la isla Santo Domingo o La Española (como se denominaba entonces), y aunque en un principio no tuvieron mayores conflictos con sus vecinos, parece ser que debido al contacto con sus “clientes”, y a unas ciertas inclinaciones piráticas, determino a las autoridades españolas a expulsarlos de la isla de Santo Domingo, dirigiéndose entonces a buscar refugio en la isla Tortuga (“Île de la Tortue” en francés, y  “Latóti” en criollo haitiano), islote al NO de La Española, donde, más tarde, y capitaneados por el ingeniero y pirata francés, Olivier Levasseur, construyeron un fuerte, “El Palomar”, sobre unas rocas de difícil acceso, pasando a formar con el tiempo el cargo de “bucanero”, comercial y licito, con otro grupo de comportamiento ya no tan lícito: los “filibusteros”.

Clark Rusell (escritor inglés mejor conocido por sus novelas náuticas), los describe diciendo:

“A mediados del siglo XVI, la isla de Santo Domingo o La Española estaba infestada por una singular comunidad de salvajes, hombres fieros, insolentes, zaparrastrosos, cuyas filas aumentaban de cuando en cuando por la abundante contribución de los suburbios y arrabales de más de una ciudad europea”.

                                                          Fuerte "El Palomar" ("Fort Roche")

Los “filibusteros”, fueron gentes pobres, miserables, delincuentes o vagabundos que provenían principalmente de Inglaterra, Francia y Holanda, y que, no teniendo morada fija, deambulaban de acuerdo con sus propósitos. Con el tiempo llegaron a emprender acciones propias de la piratería de la época, y fue así como el cargo de “bucanero”, que como ya hemos dicho, comercial y licito, se conoció por aquel entonces como “filibustero”, un término empleado con los piratas cuyo lugar de actuación fue el Mar de las Antillas.

Su cuartel general estaba situado en Isla Tortuga, lugar donde crearon la cofradía de “Hermanos de la Costa”. Su característica especial, y que lo diferenciaba de otros piratas, era que no se alejaban de la costa, la bordeaban y saqueaban las localidades costeras, ya que su principal actividad era el saqueo, y para ello no utilizaron las estilizadas, rápidas y bien armadas naves como las que usaban otros “bandoleros de la Mar”, sino que se servían de unos veleros de carga conocidos como “filibot” o “filibote” (en holandés “fluyt”), que era un tipo de velero originalmente diseñado como buque de carga general, y de donde deriva el nombre de este colectivo,

Los filibusteros, al igual que los corsarios, fueron empleados por diversos países europeos en su pretensión colonialista y la ayuda necesaria para sus propósitos. Como veis, D. Egidio vuelve a tener toda la razón.

                                                                       Filibote holandés

Una vez que los ingleses se hicieron con el control de Jamaica, los filibusteros de origen británico les ayudaron a ocupar la isla. Durante algunos años tanto Isla Tortuga como Jamaica fueron los grandes refugios de los filibusteros, que actuaban en contra de España y a favor de franceses e ingleses. Con el paso del tiempo y la menguante influencia española en la zona, la actividad de este grupo se hizo cada vez menos necesaria, y los filibusteros pasaron a convertirse en colonos.

Para terminar vamos a relatar la leyenda del francés Olivier Levasseur, que al parecer era inmensamente rico debido a sus asaltos y robos, cuando el 7 de Julio de 1730, fue capturado y sentenciado a muerte por piratería, en la plataforma de ejecución (cadalso), y con la cuerda al cuello, saco un documento que había escondido entre sus ropas y lanzándolo ante quienes contemplaban su ejecución, exclamó…”¡Que encuentre mi tesoro, el que pueda entenderlo”!

                            Documento de Olivier Levasseur, señalando donde tenia guardado su tesoro

"Genio y figura hasta la sepultura. Anque en este caso no fuera de ejemplar comportamiento.

Buena Mar y hasta la vista.

Fernando Suárez Cué

Bibliografía

“Historia General de los robos y asesinatos de los más famosos de piratas”.  Daniel Defoe

“Cazadores de piratas”. Robert Kurson

“Balleneros y corsarios”. Edgardo Mackay”

“Enciclopedia General del Mar”.

 

 
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